sábado, 26 de abril de 2014

Acequias de la Alpujarra (Sierra Nevada, España), generadoras de un paisaje singular


Antonio Castillo Martín
Hidrogeólogo
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
Instituto del Agua de la Universidad de Granada
  
"Lo hacían mis antecesores árabes en la Alpujarra, y lo hacen quechuas y aymaras en los Andes, y lo hicieron sus ascendientes... y lo hacen himalayos y timorenses... Y os contaría de las amunas, que es otro facer semejante de los indios peruanos o bolivianos, en su mejor aprovechar las aguas de deshielo, y os diría que, con la recesión glaciar, estamos volviendo a sembrar aguas en aquellas laderas andinas, por encima de los 4.000 m de altitud. Y os contaría que en los Himalayas se están sembrando glaciares"...

Blog "sembraragua". Rafael Fernández Rubio (2011).


Sierra Nevada se levanta a los pies de la vega y la
ciudad de Granada- (Foto: Junta de Andalucía).
Sierra Nevada se sitúa al sur de la Península Ibérica, en las provincias de Granada y Almería. Su extensión es de 2.000 km2 y su línea de cumbres se extiende a lo largo de 80 km, en la que se suceden más de una veintena de picos por encima de 3.000 metros de altitud, entre los que destaca el Mulhacén (3.479 m), la máxima cima de la España peninsular.


Sierra Nevada es telón de fondo de la universal ciudad de
Granada y de la Alhambra, Patrimonio de la Humanidad.
Esta montaña es la segunda más alta de Europa, tras los Alpes, y la más meridional. Circunstancias ambas que la han convertido en una "isla" de enorme biodiversidad, con muchas especies raras o endémicas. En razón a sus valores naturales, fue declarada Reserva de la Biosfera y, más tarde, Parque Nacional.


Dentro de esta montaña, el presente artículo se centra en la Alpujarra, la vertiente sur, territorio en el que el hombre dejó, a través de los siglos, notoria impronta de su quehacer, en forma de acequias, careos, balsas, fuentes, albarradas y bancales. Un paisaje húmedo y frondoso singular que, pese a ser antrópico, hoy se nos ofrece totalmente naturalizado e integrado en el medio, al que aporta mayor singularidad, diversidad y riqueza. 
"Divisoria de mares" de Sierra Nevada. A la derecha, la vertiente norte atlántica;
a la izquierda, la sur mediterránea, en la que se enclavala Alpujarra.

UN PAISAJE CAMBIANTE

El paisaje de Sierra Nevada sufrió importantes cambios naturales durante los últimos periodos glaciares e interglaciares. Los registros polínicos, hallados en pequeñas turberas de praderas hidrófilas ("borreguiles" en el argot local), nos dicen que la cubierta vegetal pasó de tundras desérticas y frías, a bosques húmedos y cálidos de coníferas en altura, y de caducifolios en umbrías y valles.
Las partes más altas de Sierra Nevada están casi desprovistas de vegetación, mientras que por debajo de los 2.000 m de altitud dominan masas de pinares  de repoblación y restos de encinares y bosques de caducifolios.

Las acequias son muy comunes en todas las
laderas de Sierra Nevada.
La huella humana vendría a superponerse al paisaje natural. Desde antiguo, la Alpujarra fue lugar idóneo de poblamiento, por la abundancia en aguas de deshielo y buen clima, debido a su exposición al mediodía y a la proximidad del templado mar Mediterráneo.

Tras una primera etapa cazadora-recolectora, surgió con fuerza la agricultura y la ganadería. Con el tiempo, la expansión de ambas actividades necesitaría en Sierra Nevada de una ardua y laboriosa transformación del territorio, demasiado pendiente y con aguas excesivamente torrenciales.

De este modo, se empezó a construir (posiblemente a partir del siglo X) un denso entramado de acequias kilométricas, cuya finalidad era transportar y regular las impetuosas aguas del deshielo, al tiempo que se aparataban e irrigaban las laderas, desde las cotas más altas hasta las vegas bajas de los ríos. 

Por entonces, además, la cubierta vegetal natural había sufrido una fuerte degradación antrópica. No sólo eran las roturaciones necesarias para los cultivos, sino, sobre todo, la desnudez provocada por la utilización masiva de combustibles vegetales (en parte para minería), el diente del ganado, los incendios para generación de pastos y las necesidades constructivas de las viviendas.

Tras la Reconquista (siglo XV), las crónicas nos hablan de una sierra aparatada y desbrozada, herida por profundas cárcavas y torrenteras. En ella son frecuentes los deslizamientos, y muy potentes los depósitos de inundación de ríos y barrancos.

Con ese panorama, a principios del siglo XX se inician los primeros trabajos de repoblación forestal. Hoy día, los resultados de ese lento crecimiento arbóreo y de la revegetación natural saltan a la vista, con importantes extensiones de pinar, encinar y monte bajo, por debajo de los 2.000 m de altitud. Todo ello, ha conseguido corregir, en gran medida, la torrencialidad, deslizamientos y pérdidas de suelo. Masas arbóreas que será necesario manejar en el futuro, para diversificar y naturalizar convenientemente la cubierta vegetal.

LA INFLUENCIA DE LA REGULACIÓN DE LAS AGUAS

La regulación del agua en Sierra Nevada tuvo lugar a
cotas muy elevadas, dentro del área glaciar. En la
imagen Laguna
Hondera, en la cañada de Siete Lagunas.
Dejando a un lado los comentados cambios naturales y antrópicos en la cubierta vegetal y el paisaje, la agricultura y la regulación de las aguas para dicha actividad provocó una severa transformación del régimen hídrico de las laderas, y consecuentemente del paisaje asociado.

Típicos nacimientos de las partes altas de Sierra Nevada,
regulados naturalmente por el deshielo y la posterior
infiltración del agua.
Al principio, el hombre se encontró con la enorme ventaja de la elevada regulación natural ejercida por el deshielo y, a partir de él, por la circulación subsuperficial de buena parte de sus escorrentías. Ello permitió aprovechar suficientes caudales estivales para el abastecimiento y regadío, sin necesidad de acometer apenas infraestructuras de regulación.
               
Regueros de agua, que nacen de una laguna de origen glaciar, y dan vida a borreguiles.

Junto a los nacimientos más altos se suelen formar praderas
hidrófilas, denominadas  borreguiles, por ser muy apetecibles por las borregas (ovejas).
Pero la expansión de la población y del regadío necesitó pronto mayores garantías y caudales de agua, durante los estiajes y años secos. Era necesario, pues, un incremento del grado de retención de las aguas en la montaña.

Así quedan vestigios de pequeñas obras hidráulicas prerromanas y romanas; pero los verdaderos artífices de la regulación serían los árabes, que entendieron a la perfección el funcionamiento del ciclo hídrico, y trabajaron concienzudamente para mejorarlo y adecuarlo a sus necesidades.
                 
Detalle de una acequia a su paso por
pendientes laderas (Alto Trevélez).
Así pues, como ocurriría a lo largo de la historia con otros muchos pueblos y altas montañas del mundo, se acometió una compleja intervención hidráulica, consistente en realizar intensas derivaciones del agua de los ríos por acequias escalonadas en altura. La finalidad de estos canales iba mucho más allá del mero transporte del líquido elemento hasta las paratas de riego. Ese obsesivo y continuo derivar tenía como objetivo principal la regulación: retener las impetuosas aguas primaverales del deshielo, para que, por pérdidas inherentes al sistema o intencionadas, hidrataran la montaña y permanecieran en ella el mayor tiempo posible.       

Detalle de una parada o boquera en la acequia del Almiar
(cuenca del río Poqueira).
Las nuevas surgencias, resurgencias y aportaciones a cauces tributarios, daban lugar a renovados caudales aguas abajo en el cauce principal que, tan pronto eran suficientes y las condiciones topográficas lo permitían, eran derivados nuevamente, y así sucesivamente. En las acequias eran abundantes las pérdidas por fugas, roturas y rebosamientos, así como a través de la apertura y el manejo de boqueras y paradas a lo largo de su recorrido. Se trataba, como objetivo final, de "entretener", "carear" o "sembrar" aguas.

Efectos de la irrigación de pastizales desde una acequia
(valle del río Trevélez).
De hecho, muchas acequias, más que de transporte, eran de careo (con una mayoría de tipo mixto), especialmente abundantes en la Alpujarra oriental por su mayor aridez y déficit hídrico estival. Así, en lugares previamente elegidos, al principio por pura intuición, y luego confirmados por pruebas acierto-error, se dejaban perder o carear las aguas, en ciertos tramos y puntos estratégicos (simas, hundideros, boquetes...), con el fin de dar lugar a rezumaderos y fuentes ladera abajo. Sobre ese particular hay todavía un enorme bagaje de ciencia y sabiduría popular en la Alpujarra: careos largos y cortos; careos de invierno y de verano; careos concentrados y dispersos; careos de fuentes, de acequias y de ríos,...

Todas esas acciones dotaban a las laderas de una frondosa cubierta herbácea, e incluso arbustiva y arbórea en algunas zonas, con un buen grado de humedad estival y la existencia de abundantes manantiales y fuentes. Normalmente, los caudales surgentes eran modestos, si bien, por contrapartida, se mantenían durante bastante tiempo, especialmente los localizados a cotas más bajas. 

Balsa terrera de regulación de un pequeño manantial,
utilizada para generación de pastizal y regadío
(cuenca del río Trevélez).
Para facilitar los riegos a partir de esas aguas nacientes (previamente sembradas, como se ha comentado), era frecuente la construcción de balsas terreras de almacenamiento, en las que se utilizaba como impermeabilizante la launa (un tipo de filita propia de estos terrenos). En otros muchos casos, los manantiales eran captados directamente y conducidos hasta los pueblos como "aguas de boca".


Fuente de la carretera de Mairena,
claro ejemplo de surgencia ligada a
filtraciones de acequias y paratas de riego.
Dentro de ellos, las aguas se repartían por multitud de fuentes entre sus barrios y laberínticas callejuelas, con sus inseparables abrevaderos y lavaderos. Mientras, las sobrantes eran recogidas en albercas, para dar satisfacción a nuevos riegos.

Y, finalmente, el agua que llegaba por las acequias, a las diferentes paratas de cultivo, era aplicada al riego de alta dotación por gravedad (normalmente por surcos), lo que provocaba nuevamente pérdidas por filtraciones y la presencia de más manantiales aguas abajo.

Todas esas filtraciones, careos y riegos sucesivos "en escalera" provocaban una hidratación en lámina de las laderas, así como una progresiva dispersión de los rezumaderos asociados al sistema. Ello permitía abastecer pagos relativamente alejados de las tomas originales de los ríos, sin necesidad de conducciones, ni de costosos transportes del agua, a resguardo, además, de evaporaciones y posibles contaminaciones.

La dependencia de los manantiales de la Alpujarra, muy numerosos antaño, con las filtraciones, bien desde acequias, prácticas de careo o desde generosos riegos, es tan inequívoca y directa, que, cuando en tiempos recientes empiezan a abandonarse riegos y acequias (o estas se impermeabilizan),  las fuentes se secan o disminuyen drásticamente de caudal de forma rápida. Con lo que, del mismo modo que se crearon de arriba a abajo estos sistemas ancestrales de regulación y manejo del agua, las consecuencias del desastre (de la deshidratación) acaecen igualmente “en cascada o escalera”, pero en este caso de abajo hacia arriba.

En este devenir hay que reseñar que, hoy día, la agricultura en la Alpujarra se encuentra prácticamente desaparecida en cotas medias y altas. Y es así que el paulatino y generalizado abandono, de esa actividad, está borrando del paisaje las antiguas paratas y bancales de cultivo, y las acequias que le daban servicio, en gran parte invadidas por la repoblación forestal y por una vigorosa revegetación natural.

Destaca el fuerte contraste entre las tierras altas peladas y
frías de las cumbres de Sierra Nevada y las planicies litorales
cálidas y fértiles sembradas de invernaderos blancos de la
costa de Almería.
Como suele ocurrir, las causas de ese abandono hay que buscarlas en la insuficiente rentabilidad económica de este tipo casi artesanal de agricultura de montaña, que tiene poco margen de competencia con la moderna hortofruticultura intensiva.

Como se ha visto, el manejo histórico del agua, de este macizo montañoso de Sierra Nevada, responde a un sistema dinámico, vivo y, sobre todo, sumamente frágil, que es necesario conservar, para, entre otras muchas razones ambientales, etnográficas y culturales, no destruir un paisaje único, variado, frondoso y húmedo.

Cartel del programa de recuperación de acequias
(Parques Nacional y Natural de Sierra Nevada).
Las laderas meridionales de Sierra Nevada, orientadas al Mediterráneo, son verdaderos oasis, dentro de una región cada vez más cálida y árida. Su enorme singularidad paisajística, y también cultural ligada a los pueblos que las salpican, han convertido a la Alpujarra en destino privilegiado de un próspero turismo de naturaleza, pero también cultural, recreativo, de ocio, gastronomía, artesanía y ciencia...

Luces del atardecer sobre el río Mulhacén y lagunas del
Majano en la vertiente sur mediterránea de Sierra Nevada.
En virtud de todos estos valores, naturales y culturales, la Alpujarra es aparte de reserva de la Biosfera, Parque Nacional, y podría ser declarada en los próximos años por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Por este motivo, son de alabar todas las iniciativas de potenciación de agricultura de montaña (artesana y ecológica), restauración de acequias y formación de acequieros, responsables del paisaje actual. Del mismo modo, es básico también el conocimiento científico y la conservación de la sabiduría popular de estas técnicas y oficios, que acometen hoy día las administraciones y la población local. 

acastill@ugr.es

www.paisajesdelagua.es

Todas las fotografías de este relato, excepto la primera, han sido realizadas por el autor.

            

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