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lunes, 26 de septiembre de 2016

La Alpujarra del agua (Sierra Nevada)... en la cámara de Pepe Rubia

Por Rafael Fernández Rubio


Un día me encontré con él, allá por la Sierra de Cazorla (Jaén, España); iba con su inseparable equipo fotográfico; iba con "la única que me aguanta" como suele decir: con su Aurelia, su esposa y compañera. 

Pepe Rubia recibía el reconocimiento y premio del Proyecto "Conoce tus fuentes", de la Universidad de Granada, no sé si se lo habían concedido por la cantidad de manantiales andaluces que había localizado y catalogado, o por las maravillosas fotos con que los había acompañado.

Pepe me pareció rudo en su mostrarse en público; sincero consigo mismo (¡difícil virtud!); franco y directo en el decir; frugal y espartano en el quehacer... ¡me pareció un buen tipo!... y allí nació un contacto y amistad, que perdura por años.

Desde entonces, semana tras semana, recibo su muy amplio reportaje fotográfico, con el itinerario en general montañero de su última caminada (en planta y en perfil), que muestra velocidades de vértigo en su andar que, ni "metiendo la primera", se tendría fuelle para seguir, y eso que lleva el corazón "reparáo", y que tiene que castigar al tobillo.

Pepe no se conforma con dar un paseo... aunque se queje de que tiene muchas goteras; más parece una cabra montés, que un homínido; no se le resisten pendientes de muchos grados, ni lascas resbaladizas, ni peñascos en equilibrio inestable; ni le echan atrás temperaturas de amaneceres en los que, como decía aquel, no hay ni intemperie en la que guarecerse.

Pepe debe conocer a toda Capra hispanica, que se pasee enhiesta por las cornisas de tajos y despeñaderos; debe haber ahoyado con su planta todos los senderos y veredas; debe haber escuchado "the sound of water", en todas las sinfonías inigualables y en el más pristino de sus ambientes.

Es por todo ello que a Pepe le tengo sana envidia, porque en su quehacer, sin más atadura que la de sus botas, ha encontrado la verdadera calidad de vida, que regala el mejor manjar para el espíritu, y el mejor sueño para el alma. Le falta la pluma a Pepe para desarrollar el relato, y él la suple con la imagen fiel y permanente; por eso, cuando cada semana llega su colección fotográfica al abrir la primera imagen ya se está enganchado hasta llegar a la última.

Con este nuevo amigo he vuelto a subir (virtualmente), a muchas cumbres de Sierra Nevada; caminado casi semanalmente por sus rutas y senderos; bebido de
manantiales con los mejores enfoques fotográficos; refrescado las calores en aguas de deshielo que se despeñan; admirado en su macro a fauna y flora, con sus endemismos y singularidades; sentido, en su fotografiar, y en su decir puro "granaíno" (o motrileño), su profundo humanismo, sin retórica ni hojarasca, despojado de academicismos, en el verdadero "roman paladino", "en el qual suele el pueblo fablar a su veçino" que dijera Gonzalo de Berceo...

Con este verdadero penibetista (que así lo definiría mi padre, Fidel Fernández Martínez), he sentido el silbido de los vientos; perdido la orientación en la densa niebla; escudriñado las lagunas y lagunillos; visto al hielo hacerse agua, y al agua saltar entre rocas y labrar sus caminos, y me he indignado con él por la porquería abandonada por andariegos sin sensibilidad...

Pero, siendo mucho lo que he podido aprender de sus fotografías, que él pone en manos de los demás sin interés crematístico, hoy le quisiera rendir homenaje público de admiración, en esa parcela que domina porque la ama: el agua en la Alpujarra y en general en Sierra Nevada (y podríamos hablar de muchas otras sierras, pero esta sierra nuestra hoy tiene ganada preferencia).

Sin este gran amigo no sabríamos de muchos paisajes del agua, de innumerables rincones escondidos, de improntas de generaciones pasadas, de "haceres" ancestrales... Porque Pepe, en su tremenda sensibilidad, va captando veredas de un agua, en su estado natural, pero también domeñada sin rendirse, conducida en su querencia y en su arraigo que, acomodándose con todo rigor a los principios del más puro "conservacionismo", ha dado y da de beber al sediento y ha dado y da de comer al hambriento, en la más grandiosa de las obras de misericordia.

Sin querer queriendo, sus fotografías muestran toda la sapiencia de las acequias de careo que, en la inmensidad inconmensurable de lomas y "panderones", de nuestra sierra más emblemática, haciendo acequia en su discurrir, siembran gota tras gota en el agreste subsuelo, como orfebre que incrusta hilos de plata, en la epidermis de la montaña. Flujos argentíferos que, en su lento e invisible discurrir por el subsuelo, dan nacencia al minúsculo y milenario liquen y al grandioso y centenario castañar.

A descubrir un poco quien es Pepe Rubia me han ayudado dos de sus amigos (porque él es infranqueable en su humildad). Agradecimiento debo así a José Guirado Uceda y a Pepe Marín Herrera; trío éste de "pepes" o de "josés" (con la integración de Pepe Rubia), que aman a la montaña, y a la fotografía, y se guardan estima y compañerismo, acrisolado por la madurez, y curtido por soles, vientos y aguas... ¡gracias amigos!!!

Pepe, que nace en Motril (Granada) hace apenas 62 años (02/05/1954), en su primera juventud ya se ganó el pan como pintor... Durante el Servicio Militar ("la mili") le animan a presentarse a las pruebas de ingreso en "la Benemérita", ese glorioso instituto armado que es la Guardia Civil, cuyas virtudes no voy ahora a enaltecer (porque no lo necesita).

Se desempeña durante años en Cataluña, siendo sus últimos destinos Baza y Almuñécar, ya en tierras granadinas. Su quehacer ha estado ligado al servicio rural, con mucho monte, mucha Naturaleza y mucho desaprensivo..., hasta su jubilación, que le llevó al senderismo, en su búsqueda de actividades para ocupar el tiempo libre.

Pepe no ha tenido estudios medios ni superiores, es un autodidacta, que sin duda lee mucho, y lo que no sabe lo aprende en Internet. Pepe es oyente habitual de conferencias, en las que desde la sala, o desde el estrado, defiende sus tesis con vehemencia y convicción. Por eso, tal vez, sus amigos le califican como algo "cabezota", pero es que lo que piensa lo ha aprendido de la observación, y lo ha madurado, serena o apasionadamente, en sus diálogos íntimos con la Naturaleza, con la que mantiene trato personal y directo.

Mucho aprendió, también, de Antonio García Maldonado, profesor de Educación de Adultos, en el Centro de Educación Permanente de Motril, y conocido por "el Maestro" (¡bendita palabra!), con quien comulgaba en "el cuidado del medio ambiente, del patrimonio común en todos sus aspectos, de valores tan positivos como la libertad, el respeto, la equidad, la solidaridad...".

Pepe, uno de los alumnos más implicados, trabó gran amistad con el Maestro, que en él depositó gran confianza, asignándole el cargo de "guía" en muchos senderos, empeño en el que no ahorró esfuerzos de documentación y de recorrido previo del itinerario... enseñanzas que las tiene atesoradas en su ADN más profundo y consustancial.

Pepe se ha autodefinido, sencilla pero rotundamente, como "casado, amante de la Naturaleza y de la Vida", sin duda una excelente tarjeta de presentación, firmada con su Pentax y su Nikon, o con la Coolpix de su señora; como él dice "aficionado a la fotografía hasta donde llega el presupuesto", a lo que yo añadiría que llega mucho más allá, porque su presupuesto es exiguo. Pero grandiosos son sus paisajes, discretos sus enfoques, habladoras sus veredas, inolvidables sus naturalezas vivas y enrocadas.

Tal vez ayuda a entenderlo mejor si uno medita en lo que de él dice Pepe Marín, que para entenderlo "como Fotógrafo de la Naturaleza, primero habría que hablar de él como Hombre de la Naturaleza...".

Y, llegado a esta acertada consideración, permite desconocido lector, una rima: "No sigas este relato, / sin antes meditar un rato, / en este fiel y cabal retrato..."

Dice que busca "bischos y flores para afotar", pero añadiré que busca agua para ensoñar, para escuchar su música, para vivir su latir, para seguir el magnetismo de su discurrir... Una prueba, mínima sin duda, son las fotografías que acompañan a este relato, de esas aguas de la eterna Sierra Nevada, nombre que le puso un pueblo sabio, un pueblo sensible, un pueblo lleno de humanidad.

Porque el agua en esta sierra, desde cuando la viste de níveo manto, y desde que le regala el alba inmaculada, con los infinitos tonos de ese blanco, el más policromático de los colores, va a ser ya elemento consustancial de ella. Porque no se puede concebir Sierra Nevada, en general, y su vertiente meridional, La Alpujarra, en particular sin esa agua consustancial de su esencia.

Aguas que, desde su estado sólido, ya arropan la nacencia de tantas y tantas flores, y de tantos microorganismos invernantes e incluso hibernantes.

Nieves impolutas que retiene al agua para mejor momento; para alimentar a centenares de lagunas de origen glaciar, destilando su fruto maduro en un incesante goteo. Aguas puras y cristalinas, sin mácula, nacidas de la fusión de los neveros, que se van a remansar, quedas y trasparentes, en cien lagunas y lagunillos (que tan bien describe otro excelente amigo: Antonio Castillo Martín, en su libro: Lagunas de Sierra Nevada). Lagunas con todos los tonos de azules, blancos y verdes, y con los reflejos acerados de las moles montañosas, y de los escarpados riscos, y de los móviles canchales (eso que los botánicos llaman piso crioromediterráneo).


Nieves que reflejan con toda intensidad a las radiaciones ultravioleta e infrarrojas, porque aquí el espectro de la radiación lumínica se agranda, en sus escalas logarítmicas, para hacernos sentir que también hay energía en lo invisible, y colores que no percibimos...

Nieves que sufren en toda su intensidad las grandes variaciones térmicas, entre el día y la noche, el invierno y el estío. Gradientes térmicos responsables de esa fracturación de la roca (gelifracción), que va a dar lugar a verdaderos ríos de piedras, que discurren lentamente, secularmente, por las empinadas lomas y barranqueras.

Y aquí, en lo más inhóspito, donde parece que vida no podría haber, cada primavera, cada renacer de la existencia, esa vegetación, muchas veces mínima y rastrera, busca para su polinización una floración de intensos colores azules, rojos, amarillos, blancos, para atraer la atención de insectos, que parecen nacidos del hielo y de la lasca. Y Pepe es fiel notario que, en sus fotografías, da fe de su existencia, que es breve pero intensa.

Y Pepe sabe buscar esa flora y esa fauna, como el más contumaz
naturalista y biólogo, para mostrárnosla en sus macros, de tan sutil enfoque, imágenes que gusto guardar  como fondo de pantalla en el ordenador, hasta la siguiente semana, que otras fotos llegarán, a cual más expresiva, para deleitar la vista y recrear los sentidos, porque estos hermanos menores (que así eran para San Francisco de Asís, y así deberíamos considerarlos nosotros), parecen mecerse con el viento, embelesar con sus aromas, y cautivar en sus movimientos...

Porque en esta vertiente de "la solana" alpujarreña, esa vida la da el agua, y la vida espera cada año a que con la primavera se fundan las nieves y se llenen los aljibes, lavaderos y pilares y hasta, antaño, se movieran los molinos hidráulicos enriscados en profundos barrancos. Molinos que, allá por 1572, se inventariaron en 181 de propiedad morisca y 33 de cristianos viejos..

Pero sigamos con ese caminar del agua, que va a dar vigor a tanto tupido tapiz de borreguiles, pastizales, piornales, enebrales, tomillares... con la mayor biodiversidad de Andalucía, y de la Península Ibérica: 80 especies exclusivas y 2.100 especies de plantas superiores... Espacio privilegiado éste, donde los haya, que nos regala el Sumo Hacedor, para que lo disfrutemos, con la responsabilidad de cuidarlo para el disfrute de los hijos de nuestros hijos.

Aquí el recuerdo se me mezcla, también, con esa vegetación de la tundra andina, que he sentido bajo mis pies, en la espina dorsal de esos países hermanos que son Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Ecuador y Venezuela... es por ello que tantas veces los recuerdos de allí me han traído acá, y tantas veces los sentires de acá me han llevado allá... Sin saberlo hay un hermanamiento de estas dos geografías, tan distantes, que se unen en las arterias de un agua que lo valoriza todo, que lo engrandece, que lo iguala...

Aguas, decía que son vida, y vida de vida; que son energía en su discurrir superficial, y siembra para un renacer en su flujo subterráneo. Aguas que son infinitas, pero que son todas una, en ese ciclo hidrológico, que se renueva y cobra vida en cada uno de sus estadios. Aguas que son el más maravilloso e imprescindible de nuestros recursos renovables, que lo son en tanto en cuanto el depredador humano que llevamos dentro (ese homo hominis lupus que dijera Plauto), no las mancille, ultraje y degrade con la maldita contaminación.

Pepe, en sus ascensos y descensos, por la orografía de esta montaña penibética, debe llevar un ritmo imposible de seguir, si no es por su Aurelia, o algún hermano, sobrino o amigo. Pepe no tiene descanso ni cuando hace fotos (que ni para eso para), porque son muchos los kilómetros marcados en ese itinerario de cada día... menos mal que él sabe dónde hay aguas, donde están todas las aguas, donde se ocultan y hasta donde nacen..., porque si nosotros nacemos para morir, ellas "mueren" para nacer...

Es indudable que cuando Pepe se auto-retrata, en Internet, diciendo que no trabaja para ninguna empresa; que tiene por profesión "no dar golpe" (posiblemente es más filosofía que realidad); que busca amistad; que su afición es dormir y que su estado sentimental es casado... Pepe se ha dejado mucho en el tintero, porque es remiso en hablar de él, porque en su simplicidad se guardan valores muy valiosos (y es adecuada la redundancia).

Por eso cuando un día aún cercano le dije que quería hilvanar este relato, su respuesta fue "mi vida es más simple que un botijo de barro, no vale la pena, no merezco nada", y en esa fortaleza se hizo irreductible...

Por eso este relato está escrito a escondidas, con alevosía, pero con mirada franca, sin concesiones, con sinceridad, y homenajeando a quien tanto ha fotografiado a esta montaña, erigida por la orogenia alpina y que, día a día, se empina un poco más, por los empujes de esa placa africana, que se desliza bajo la placa europea, con la complicidad de la placa de Alborán.

Y esto, Pepe, sucede desde anteayer, es decir desde el Plioceno Medio (hace apenas 3,6 millones de años), y seguirá sucediendo hasta que el mundo se serene y acaben sus convulsiones tectónicas (aunque mientras tanto ya deberían terminar las humanas, que más daño hacen)...

Ahora, Pepe Rubia González, si caen en tus manos estos pespuntes, no te reveles contra quienes te aprecian, y han contribuido al relato.

Piensa en cuántos se alegrarán de conocerte algo más, y en cuántos gozarán de tus fotografías, que son como disparos de flash en este blog, y que deberían entrar en el catálogo del "Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad".


Fotografías que habrían de estar a la entrada de cada pueblo empinado en esta Alpujarra, para marcar los pasos del visitante, o el excursionista, o el forastero que, huyendo del mundanal ruido, busca en la soledad, y en la Naturaleza en estado puro, el mejor de los bálsamos para sus quebrantos de cuerpo y alma.

Pepe, un día, por ley de vida (o de muerte), dejarás de hacer fotos de Sierra Nevada y de su Alpujarra... y ese día silenciosas bajarán las aguas; enmudecerán las cascadas; ahogaremos las penas en las acequias;... pero esas aguas, fundidas de las nieves, seguirán infiltrándose quedamente, en homenaje a tu persona; esas aguas continuarán fluyendo ocultas por el subsuelo, como hilos de plata; esas aguas aportarán su cosecha en mil y un manantiales; esas aguas se extrañarán de no verte... , y esas aguas, y todos nosotros, agradecerán y agradeceremos que hayas contribuido a hacer más de todos ese "Conoce tus fuentes", que me regaló el primer contacto personal contigo...

Pepe Rubia: ¡Que Dios te bendiga! ¡Gracias por haber fotografiado una y mil veces a La Alpujarra del agua! ¡Sigue incansable tu quehacer, muchos te lo agradeceremos!...

¡AMIGOS PARA SIEMPRE!!!


sábado, 26 de abril de 2014

Acequias de la Alpujarra (Sierra Nevada, España), generadoras de un paisaje singular


Antonio Castillo Martín
Hidrogeólogo
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
Instituto del Agua de la Universidad de Granada
  
"Lo hacían mis antecesores árabes en la Alpujarra, y lo hacen quechuas y aymaras en los Andes, y lo hicieron sus ascendientes... y lo hacen himalayos y timorenses... Y os contaría de las amunas, que es otro facer semejante de los indios peruanos o bolivianos, en su mejor aprovechar las aguas de deshielo, y os diría que, con la recesión glaciar, estamos volviendo a sembrar aguas en aquellas laderas andinas, por encima de los 4.000 m de altitud. Y os contaría que en los Himalayas se están sembrando glaciares"...

Blog "sembraragua". Rafael Fernández Rubio (2011).


Sierra Nevada se levanta a los pies de la vega y la
ciudad de Granada- (Foto: Junta de Andalucía).
Sierra Nevada se sitúa al sur de la Península Ibérica, en las provincias de Granada y Almería. Su extensión es de 2.000 km2 y su línea de cumbres se extiende a lo largo de 80 km, en la que se suceden más de una veintena de picos por encima de 3.000 metros de altitud, entre los que destaca el Mulhacén (3.479 m), la máxima cima de la España peninsular. 


Sierra Nevada es telón de fondo de la universal ciudad de
Granada y de la Alhambra, Patrimonio de la Humanidad.
Esta montaña es la segunda más alta de Europa, tras los Alpes, y la más meridional. Circunstancias ambas que la han convertido en una "isla" de enorme biodiversidad, con muchas especies raras o endémicas. En razón a sus valores naturales, fue declarada Reserva de la Biosfera y, más tarde, Parque Nacional.


Dentro de esta montaña, el presente artículo se centra en la Alpujarra, la vertiente sur, territorio en el que el hombre dejó, a través de los siglos, notoria impronta de su quehacer, en forma de acequias, careos, balsas, fuentes, albarradas y bancales. Un paisaje húmedo y frondoso singular que, pese a ser antrópico, hoy se nos ofrece totalmente naturalizado e integrado en el medio, al que aporta mayor singularidad, diversidad y riqueza. 
"Divisoria de mares" de Sierra Nevada. A la derecha, la vertiente norte atlántica;
a la izquierda, la sur mediterránea, en la que se enclavala Alpujarra.

UN PAISAJE CAMBIANTE

El paisaje de Sierra Nevada sufrió importantes cambios naturales durante los últimos periodos glaciares e interglaciares. Los registros polínicos, hallados en pequeñas turberas de praderas hidrófilas ("borreguiles" en el argot local), nos dicen que la cubierta vegetal pasó de tundras desérticas y frías, a bosques húmedos y cálidos de coníferas en altura, y de caducifolios en umbrías y valles.
Las partes más altas de Sierra Nevada están casi desprovistas de vegetación, mientras que por debajo de los 2.000 m de altitud dominan masas de pinares  de repoblación y restos de encinares y bosques de caducifolios.

Las acequias son muy comunes en todas las
laderas de Sierra Nevada.
La huella humana vendría a superponerse al paisaje natural. Desde antiguo, la Alpujarra fue lugar idóneo de poblamiento, por la abundancia en aguas de deshielo y buen clima, debido a su exposición al mediodía y a la proximidad del templado mar Mediterráneo.

Tras una primera etapa cazadora-recolectora, surgió con fuerza la agricultura y la ganadería. Con el tiempo, la expansión de ambas actividades necesitaría en Sierra Nevada de una ardua y laboriosa transformación del territorio, demasiado pendiente y con aguas excesivamente torrenciales.

De este modo, se empezó a construir (posiblemente a partir del siglo X) un denso entramado de acequias kilométricas, cuya finalidad era transportar y regular las impetuosas aguas del deshielo, al tiempo que se aparataban e irrigaban las laderas, desde las cotas más altas hasta las vegas bajas de los ríos. 

Por entonces, además, la cubierta vegetal natural había sufrido una fuerte degradación antrópica. No sólo eran las roturaciones necesarias para los cultivos, sino, sobre todo, la desnudez provocada por la utilización masiva de combustibles vegetales (en parte para minería), el diente del ganado, los incendios para generación de pastos y las necesidades constructivas de las viviendas.

Tras la Reconquista (siglo XV), las crónicas nos hablan de una sierra aparatada y desbrozada, herida por profundas cárcavas y torrenteras. En ella son frecuentes los deslizamientos, y muy potentes los depósitos de inundación de ríos y barrancos.

Con ese panorama, a principios del siglo XX se inician los primeros trabajos de repoblación forestal. Hoy día, los resultados de ese lento crecimiento arbóreo y de la revegetación natural saltan a la vista, con importantes extensiones de pinar, encinar y monte bajo, por debajo de los 2.000 m de altitud. Todo ello, ha conseguido corregir, en gran medida, la torrencialidad, deslizamientos y pérdidas de suelo. Masas arbóreas que será necesario manejar en el futuro, para diversificar y naturalizar convenientemente la cubierta vegetal.

LA INFLUENCIA DE LA REGULACIÓN DE LAS AGUAS

La regulación del agua en Sierra Nevada tuvo lugar a
cotas muy elevadas, dentro del área glaciar. En la
imagen Laguna
Hondera, en la cañada de Siete Lagunas.
Dejando a un lado los comentados cambios naturales y antrópicos en la cubierta vegetal y el paisaje, la agricultura y la regulación de las aguas para dicha actividad provocó una severa transformación del régimen hídrico de las laderas, y consecuentemente del paisaje asociado.

Típicos nacimientos de las partes altas de Sierra Nevada,
regulados naturalmente por el deshielo y la posterior
infiltración del agua.
Al principio, el hombre se encontró con la enorme ventaja de la elevada regulación natural ejercida por el deshielo y, a partir de él, por la circulación subsuperficial de buena parte de sus escorrentías. Ello permitió aprovechar suficientes caudales estivales para el abastecimiento y regadío, sin necesidad de acometer apenas infraestructuras de regulación.
               
Regueros de agua, que nacen de una laguna de origen glaciar, y dan vida a borreguiles.

Junto a los nacimientos más altos se suelen formar praderas
hidrófilas, denominadas  borreguiles, por ser muy apetecibles por las borregas (ovejas).
Pero la expansión de la población y del regadío necesitó pronto mayores garantías y caudales de agua, durante los estiajes y años secos. Era necesario, pues, un incremento del grado de retención de las aguas en la montaña.

Así quedan vestigios de pequeñas obras hidráulicas prerromanas y romanas; pero los verdaderos artífices de la regulación serían los árabes, que entendieron a la perfección el funcionamiento del ciclo hídrico, y trabajaron concienzudamente para mejorarlo y adecuarlo a sus necesidades.
                 
Detalle de una acequia a su paso por
pendientes laderas (Alto Trevélez).
Así pues, como ocurriría a lo largo de la historia con otros muchos pueblos y altas montañas del mundo, se acometió una compleja intervención hidráulica, consistente en realizar intensas derivaciones del agua de los ríos por acequias escalonadas en altura. La finalidad de estos canales iba mucho más allá del mero transporte del líquido elemento hasta las paratas de riego. Ese obsesivo y continuo derivar tenía como objetivo principal la regulación: retener las impetuosas aguas primaverales del deshielo, para que, por pérdidas inherentes al sistema o intencionadas, hidrataran la montaña y permanecieran en ella el mayor tiempo posible.       

Detalle de una parada o boquera en la acequia del Almiar
(cuenca del río Poqueira).
Las nuevas surgencias, resurgencias y aportaciones a cauces tributarios, daban lugar a renovados caudales aguas abajo en el cauce principal que, tan pronto eran suficientes y las condiciones topográficas lo permitían, eran derivados nuevamente, y así sucesivamente. En las acequias eran abundantes las pérdidas por fugas, roturas y rebosamientos, así como a través de la apertura y el manejo de boqueras y paradas a lo largo de su recorrido. Se trataba, como objetivo final, de "entretener", "carear" o "sembrar" aguas.

Efectos de la irrigación de pastizales desde una acequia
(valle del río Trevélez).
De hecho, muchas acequias, más que de transporte, eran de careo (con una mayoría de tipo mixto), especialmente abundantes en la Alpujarra oriental por su mayor aridez y déficit hídrico estival. Así, en lugares previamente elegidos, al principio por pura intuición, y luego confirmados por pruebas acierto-error, se dejaban perder o carear las aguas, en ciertos tramos y puntos estratégicos (simas, hundideros, boquetes...), con el fin de dar lugar a rezumaderos y fuentes ladera abajo. Sobre ese particular hay todavía un enorme bagaje de ciencia y sabiduría popular en la Alpujarra: careos largos y cortos; careos de invierno y de verano; careos concentrados y dispersos; careos de fuentes, de acequias y de ríos,...

Todas esas acciones dotaban a las laderas de una frondosa cubierta herbácea, e incluso arbustiva y arbórea en algunas zonas, con un buen grado de humedad estival y la existencia de abundantes manantiales y fuentes. Normalmente, los caudales surgentes eran modestos, si bien, por contrapartida, se mantenían durante bastante tiempo, especialmente los localizados a cotas más bajas. 

Balsa terrera de regulación de un pequeño manantial,
utilizada para generación de pastizal y regadío
(cuenca del río Trevélez).
Para facilitar los riegos a partir de esas aguas nacientes (previamente sembradas, como se ha comentado), era frecuente la construcción de balsas terreras de almacenamiento, en las que se utilizaba como impermeabilizante la launa (un tipo de filita propia de estos terrenos). En otros muchos casos, los manantiales eran captados directamente y conducidos hasta los pueblos como "aguas de boca".


Fuente de la carretera de Mairena,
claro ejemplo de surgencia ligada a
filtraciones de acequias y paratas de riego.
Dentro de ellos, las aguas se repartían por multitud de fuentes entre sus barrios y laberínticas callejuelas, con sus inseparables abrevaderos y lavaderos. Mientras, las sobrantes eran recogidas en albercas, para dar satisfacción a nuevos riegos.

Y, finalmente, el agua que llegaba por las acequias, a las diferentes paratas de cultivo, era aplicada al riego de alta dotación por gravedad (normalmente por surcos), lo que provocaba nuevamente pérdidas por filtraciones y la presencia de más manantiales aguas abajo.

Todas esas filtraciones, careos y riegos sucesivos "en escalera" provocaban una hidratación en lámina de las laderas, así como una progresiva dispersión de los rezumaderos asociados al sistema. Ello permitía abastecer pagos relativamente alejados de las tomas originales de los ríos, sin necesidad de conducciones, ni de costosos transportes del agua, a resguardo, además, de evaporaciones y posibles contaminaciones.

La dependencia de los manantiales de la Alpujarra, muy numerosos antaño, con las filtraciones, bien desde acequias, prácticas de careo o desde generosos riegos, es tan inequívoca y directa, que, cuando en tiempos recientes empiezan a abandonarse riegos y acequias (o estas se impermeabilizan),  las fuentes se secan o disminuyen drásticamente de caudal de forma rápida. Con lo que, del mismo modo que se crearon de arriba a abajo estos sistemas ancestrales de regulación y manejo del agua, las consecuencias del desastre (de la deshidratación) acaecen igualmente “en cascada o escalera”, pero en este caso de abajo hacia arriba.

En este devenir hay que reseñar que, hoy día, la agricultura en la Alpujarra se encuentra prácticamente desaparecida en cotas medias y altas. Y es así que el paulatino y generalizado abandono, de esa actividad, está borrando del paisaje las antiguas paratas y bancales de cultivo, y las acequias que le daban servicio, en gran parte invadidas por la repoblación forestal y por una vigorosa revegetación natural.

Destaca el fuerte contraste entre las tierras altas peladas y
frías de las cumbres de Sierra Nevada y las planicies litorales
cálidas y fértiles sembradas de invernaderos blancos de la
costa de Almería.
Como suele ocurrir, las causas de ese abandono hay que buscarlas en la insuficiente rentabilidad económica de este tipo casi artesanal de agricultura de montaña, que tiene poco margen de competencia con la moderna hortofruticultura intensiva.

Como se ha visto, el manejo histórico del agua, de este macizo montañoso de Sierra Nevada, responde a un sistema dinámico, vivo y, sobre todo, sumamente frágil, que es necesario conservar, para, entre otras muchas razones ambientales, etnográficas y culturales, no destruir un paisaje único, variado, frondoso y húmedo.

Cartel del programa de recuperación de acequias
(Parques Nacional y Natural de Sierra Nevada).
Las laderas meridionales de Sierra Nevada, orientadas al Mediterráneo, son verdaderos oasis, dentro de una región cada vez más cálida y árida. Su enorme singularidad paisajística, y también cultural ligada a los pueblos que las salpican, han convertido a la Alpujarra en destino privilegiado de un próspero turismo de naturaleza, pero también cultural, recreativo, de ocio, gastronomía, artesanía y ciencia...

Luces del atardecer sobre el río Mulhacén y lagunas del
Majano en la vertiente sur mediterránea de Sierra Nevada.
En virtud de todos estos valores, naturales y culturales, la Alpujarra es aparte de reserva de la Biosfera, Parque Nacional, y podría ser declarada en los próximos años por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Por este motivo, son de alabar todas las iniciativas de potenciación de agricultura de montaña (artesana y ecológica), restauración de acequias y formación de acequieros, responsables del paisaje actual. Del mismo modo, es básico también el conocimiento científico y la conservación de la sabiduría popular de estas técnicas y oficios, que acometen hoy día las administraciones y la población local. 

acastill@ugr.es

www.paisajesdelagua.es

Todas las fotografías de este relato, excepto la primera, han sido realizadas por el autor.